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Biografía

IGNACIO ZULOAGA, PINTOR EIBARRÉS Y VASCO UNIVERSAL, es el título elegido para llevar hasta el lector, de manera somera, la personalidad y el arte de este artista.

Para alcanzar ese extremo debemos considerar su vida y la estirpe de la que proviene.

Son cuatro generaciones de artistas eibarreses las que le tienen sujeto a la tierra contra una vocación irresistible que le empuja a buscar otros horizontes.  

El dibujo, la pintura le tientan más que la presión paterna por lo que ha de romper con esas ligaduras que le imponen acometer estudios de ingeniería minera.

La ruptura va a provocar un resentimiento pasajero en don Plácido Zuloaga, su padre.

La expansión económica vasca, en el desarrollo urbanístico a partir de la segunda mitad del siglo XIX, va a proporcionar trabajo a arquitectos y escultores. Aun no ha llegado el tiempo para los pintores.

Abandona Eibar y marcha a Madrid, al Museo de El Prado, para estudiar a los grandes maestros del Siglo de Oro español. Cuando cree haber adquirido cierta formación pasa a Roma, corta estancia de unos meses, Londres y definitivamente, París, 1889. Es esa capital europea del arte, plena de escollos para los noveles, busca ayuda y amparo en compatriotas. Allí se había establecido el vitoriano Uranga, el vallisoletano Durrio Granier, el asturiano Regoyos haciendo clan con un grupo catalán, Rusiñol, Casas, Pichot, ... muy vinculados a los pintores franceses Gauguin, Dethomas, Blanche, Toulouse-Lautrec, al tiempo que se somete a sus primeros maestros, Henri Gervex, Carrière, y frecuenta cenáculos, el más avanzado entonces el de madame Bulteau -por influencia de Maxime Dethomas, que luego sería su cuñado- donde acuden artistas y literatos como la condesa de Noailles, Loti, Barres, Heredia, el citado Blanche, Pierre Louÿs y Léon Daudet. Se va marcando una vida cosmopolita y plural; lenguas, costumbres, pareceres.

Si las brumas de su tierra no ponían color en su paleta, tampoco las del Sena. Dos determinantes inciden en Zuloaga, como son los gustos de los demás, y los propios, contrapuestos totalmente. Se rechazan sus obras por el jurado español para estar presente en la Exposición Universal de París del año 1900. A propósito de este desaire y su vinculación a Francia, Darío Regoyos le escribe: Haces bien en irte de las Batuecas. Toda España es una inmensa Batueca y por eso debemos tomar de ella los tipos, los pueblos, los montes, pero nunca entregar nuestras obras a ser juzgadas por un jurado de batuecos... 

Trabaja en Andalucía desde 1893 a 1898. Sus cuadros son españoles “pero hablan en francés”. En 1898 halla en Segovia las raíces profundas de sus maestros de El Prado. Va a trabajar en esa ciudad castellana dieciséis años. Sus obras no las entrega a jurados batuecos, él mismo las lleva a las grandes exposiciones europeas.

En 1902 es declarado socio de la Nacional de Bellas Artes de París. Augusto Rodin le da el tratamiento de “mi estimado maestro”. En exposición conjunta con Rodin, Zuloaga triunfa en Düsseldorf, 1904. Se le abren totalmente las puertas de Europa. En estos años y sucesivos va a ser ensalzado al acudir al Salón de Bellas Artes de París. En 1909 envía cuadros a los Estados Unidos, será la primera de las cuatro exposiciones en que triunfará. La última, de 1924 y 1925, por varios estados de la Unión y, finalmente, la de Cuba es apoteósica. Mientras, es aplaudido en Méjico, Argentina y Chile, ya tiene el gran premio de Venecia, 1903, y el del rey de Italia en Roma, 1911 (Sus paisanos se reúnen con él en Eibar en un gran banquete el 6 de enero de 1912 para festejarlo; los artistas afincados en Madrid lo harán en 1914, celebrando así los continuos éxitos.)  

Ha colgado cuadros en los más importantes museos estatales; se los han comprado exigentes coleccionistas; ha sido solicitado para realizar retratos. Sus obras están bien esparcidas por Europa: de San Petersburgo a Budapest, de Berlín a Triste; de América, ya se ha dicho. ¿No es ya universal?

El duque de Alba pide que realice su retrato, el de su esposa y el de  su hija; estas series de obras le abren las puertas de la nobleza española. Los potentados de la industria, del comercio, de las finanzas le reclaman. Es el mejor retratista de España.

Esta gloria la saborea viviendo de nuevo en su tierra vasca. Recorrió la cornisa del Cantábrico y cerca de Eibar, en Zumaya compró terrenos para vivienda, museo y taller.

Es hora de tomarse reposo. Gozar de la compañía de su familia y de los amigos que visitan esa finca de Santiago-Echea. Allá quedaron las etapas de lucha, la parisiense, la andaluza, la de Segovia, “la ciudad que le había ayudado, de la secreta y poderosa manera con que los ambientes influyen en los hombres, a alcanzar la gloria y la fama”.

Goza de la reputación de estos bienes- gloria y fama- junto al mar, el mar, la mar por doquier, que no ha pintado nunca (dos escuetas muestras hay en fondos, de obligado cumplimiento). Se confiesa: “yo añoro y persigo [...] lo potente, lo recio, lo áspero y hasta lo agrio; [...] Castilla me ha dado la plenitud de sus deslumbramientos y penumbras, sus oposiciones vigorosas de azules, granas y amarillos, y esos grises incomparables de sus lejanías caliginosas, los elementos cardinales de los fondos culminantes y de los únicos paisajes integrales que ha perpetuado mi paleta”.

Por fin, Madrid, en 1926, le recibe oficialmente con asistencia de los reyes.

Y se toma su tiempo para retratar en Zumaya a su familia; a sus amigos Quintín de la Torre, Beobide, Alcorta y Basilio Iraizoz entre otros muchos; realiza un álbum de los paisajes más hermosos de España; bodegones y composiciones varias.

Ve, con dolor, morir a su íntimo, a su entrañable, a “su hermano” el pintor Pablo Uranga. A Paco Durrio le encomendó que esculpiera un medallón con la esfinge del común amigo y, una mañana de octubre, pasados los compromisos veraniegos atendiendo a tanto amigo y visitante del taller, en silencio, sin alharacas, subió desde Zumaya al cercano Elgueta –donde tanto habían pintado juntos- para colocarlo en la fuente pública con sus propias manos. Considerado simbólicamente es un paseo para reconocer a todo un conjunto de artistas forjados en los tan amados valles y montañas de su propia tierra.

     Ha de volver a Madrid, a su estudio de Las Vistillas, donde había dejado trabajo sin concluir. Quedan ya solamente unos días, casi horas, para que la Igualatoria dé lugar a que, por los hombres, sea proclamado “el más internacional de los artistas vascos de todos los tiempos”.  

Mariano Gómez de Caso